Trozos autobiográficos

Publicado: 2 abril, 2010 en Cuentos

Si, como dice Silvia, se trata de cancelar los destinos trágicos en mi historia; de cerrarle la puerta a las parcas en su más minoica edición y por fin lograr construir una vida completa, llena de dicha y esas cosas. Tendría que empezar con los cambios.

Pero nuevamente parto de un yerro, “como dice Silvia”, es decir, nuevamente estaría actuando como siempre, movido a partir del impulso femenino. Cualquiera diría que si Silvia es mi terapista, que lo es, no tengo mayor problema, sencillamente estaría siguiendo algo que juntos descubrimos en la larguísima sesión de emergencia del otro día. Pero quien conozca bien mi historia, es decir, solo yo, y ahora tú, quien quiera que seas, mujer, sabe que Silvia no es sólo mi terapista, también fue la primera mujer a la que amé realmente, con ese perverso amor adolescente que acompañaba mis lecturas de Ian Fleming, y mis sueños humedísimos.

Silvia se fue o la eché o algo ocurrió hace tanto tiempo que lo he olvidado, hace tanta memoria que se me desvanecen las razones. Lo que me queda perfectamente claro es el dolor en el pecho, en el trapecio, en la nuca; y la voz recurrente de mi astro rey rezando ahora como parte de su eterno ritornello, “no te las tienes que tirar a todas, zorro”. El caso es que cuando la luna acabó de irse o de regresar, porque así es la luna eterna pero no, estaba yo tan desesperado por su huida o su regreso, ya lo averiguaremos más tarde, que acudí a Silvia nuevamente, varios lustros después, ella terapista, yo semiotista; ella tan lejana como Lake Tahoe y yo tan aquí que me aburro a mí mismo (¿podríamos estar más seguros que tan distantes?).

En la charla descubrimos (¿así se dice en el lenguaje de terapia?) cosas que ella seguro ya sabía y que yo probablemente también pero prefería olvidar. Su voz no ha cambiado desde los catorce años, la voz es lo único que les permanece a las mujeres bellas, y me hizo entrar en confianza. Así que acabamos definiendo que soy un perfecto cabrón (algunos opinan que nomás soy ojete), capaz de generar enormes miedos alrededor mío para evitar que las mujeres se queden. Yo aún no estoy muy de acuerdo, pero creo que para que estas madres de la terapia funcionen uno debe conformarse con los hallazgos, por crueles que estos sean.

La verdad es que, como se hace siempre en estos casos, mentí un poco, desvié la verdad un tanto para no parecer tan cabrón porque sinceramente considero que no lo soy. En mis lecturas de Don Juan jamás se ha parecido en mí salvo en la convicción eterna de que no soy él… Ah el maldito pathos de la distancia nuevamente.

Pero si en algo tiene razón Silvia (me encanta el nombre, silba como el viento), es en que debo encontrar qué fregados he hecho en común con todas las mujeres de mi vida que ha provocado que se vayan.

Como mi mente le huye, lo escribo no con la misma ilusión que Kierkegaard el Diario de un Seductor, o con el mismo carácter de denuncia que José Zorrilla en el Don Juan. Por supuesto también deberé alejarme del espíritu hasta antropológico que probablemente movía a Giacomo Casanova. En todo caso, si fuéramos a buscar un título a estas líneas tendría que acercarse más a lo doméstico, a hacer notas, decir cosas elementales.

Tres advertencias antes de continuar:

Primero, los nombres de mis mujeres serán ocultos todo el tiempo (el de Silvia no, porque ya dijimos lo pertinente y será como mi Petrarca en esta jornada) probablemente esto le ofrezca a mi terapista una maravillosa forma de evidencia de mi tendencia a eliminar de mi vida a las mujeres pero lo cierto es que difícilmente una terapista sabría de caballerosidad y mucho menos de esperanza.

Segundo, desde ahora lo reitero, sigo enamorado hasta el tuétano de la mujer que ha provocado este diametral cambio en mí. Lo que vuelve mucho más difícil hacer un retrato fiel de lo ocurrido en mi pasado, especialmente inexacto sería el texto que refiere a ella, con quien tengo esperanza de volver algún día, una vez concluido el autoimpuesto encierro.

Tercero, muy probablemente esta historia, como tantas cosas en mi vida, parezca medio desordenada, por lo que trataré de adivinar las preguntas que haría Silvia a cada uno de los temas que surjan; lo que de ninguna forma podría prometer es un final (no feliz, no triste, no puedo prometer un final porque se trata de evadir la tragedia que me acompaña desde antes de nacer), ni una sucesión histórica exacta de los hechos, se trata, para mis amigos que espero sean algunos, de una forma de confesión purificadora; para mis enemigos, que regularmente son muchos más, de una estrategia infame para ganarme un poco de indulgencia y probablemente más corazones. Desde ahora les digo, no me interesa ganar más corazones, acaso reparar algunos de los que he roto, y sanar el que considero mío desde siempre, aunque apenas hace un año lo encontré.

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