El paradigma del héroe

Publicado: 11 julio, 2010 en Teoría

El héroe es un modelo, una especie de categoría semiótica por sí misma, una acumulación que cruza circunstancia y comportamiento para integrarse en una especie de sustantivo temporal y espacial. Edipo es heroico en el momento en que arranca sus ojos aunque la patética escena esté marcada desde el principio por un destino ineludible. La actitud de Edipo durante la tragedia, la búsqueda de la libertad huyendo de un destino que rechaza por inmoral y por catastrófico, pareciera apenas un esbozo humano, ejemplar sin duda, pero apenas preparatorio para la terrible serie de revelaciones que finalmente llevarán a la heroica y arquetípica culiminación de la vida edípica que en términos paradigmáticos se convierte en mucho más importante que la acepción freudiana de la tragedia.

Entendemos el paradigma como un conjunto de elementos de una sola categoría, en este caso semióticos, que serán seleccionados para integrar un sintagma. Encontraremos elementos comunes a los héroes, pero igualmente podremos hallar los que no lo son. El heroísmo pareciera radicar en la lucha honesta por una causa justa que deberá ser considerada como tal por un ideal cultural (en este sentido el héroe no es común a todas las culturas, aunque pareciera que la dominación occidental tiende a integrar a muchos de los héroes locales o regionales siempre ajustables al paradigma “causa justa”).

En este sentido podríamos entonces ubicar la categorización del heroísmo en un plano mucho más amplio, los héroes no son siempre bellos, fuertes, bondadosos, inteligentes, valientes, activos, pero parecieran compartir un ideal de trascendencia de la otredad. Cristo podría considerarse como el héroe máximo, por lo menos en la doctrina cristiana, justo por esa idea del sacrificio, de trascendencia de los otros a pesar del destino propio.

La modificación del paradigma heroico cristiano comparado con el griego parece radical. Edipo luchaba contra su destino aunque solo en la medida de que tal destino implicaría el sufrimiento de aquellos a quienes amaba. La predicción del oráculo en torno a su futuro real, es bastante atractiva, pero resulta espantosa en la medida en que implica el sufrimiento de aquellos a quienes ama. Sacrificará entonces Edipo su glorioso destino (Rey de Tebas no sonaba mal entonces) en aras de la salvación ajena, imposible por la propia estructura trágica del relato, pero negará para sí mismo la posibilidad de ser a costa de la felicidad o la tranquilidad al menos de los demás. En este sentido pareciera que el heroísmo implica necesariamente el sacrificio de la vida propia, de la estabilidad propia, en aras de la fortuna ajena. No se trata de una actitud estoica, parece mucho más simple, el bien de los demás depende de un sacrificio personal, una especie de materialización sublime del precepto básico de la vida en sociedad (es necesario el sacrificio de algo, a cambio de la comunidad).

Probablemente ahí radica la preocupación por el demérito del heroísmo y la reducción de su visión al momentum en que el héroe se consolida. También la versión del maquiavelismo heroico laudatorio del fin sin importar los medios, o el principio. Los que corresponden al paradigma que estudiamos resultan seres cuya capacidad de sacrificio se da de manera consciente. El Vengador Anónimo, el Castigador, no son héroes, por el contrario, llevan los resultados del heroísmo, (la anulación del mal) por el peor de los caminos, la venganza mueve a Paul Kersey, protagonista de Death Wish, lo mismo que a Frank Castle; Al Simmons (Spawn), tiene motivos mucho más complejos, aunque igual de egoístas; no ocurre igual en el caso de Bruce Wayne (aunque visiones reduccionistas lo podrían plantear así), en tanto el niño Bruce presencia el homicidio de sus padres y decide luchar contra el crimen, no en contra de los asesinos de sus padres, sino en contra de todo el crimen (La historia de Batman merece un capítulo aparte en el estudio del heroísmo al ser probablemente el personaje más complejo –y por ello semióticamente rico- de la mitología occidental moderna).

Nuestra actualidad apunta al desarrollo de los heroísmos de confort, soportados por una visión ciertamente pasionaria de la realidad. Los héroes actuales son tan reactivos como circunstanciales; reaccionan a circunstancias determinadas no por una especie de misión superior, o por el ideal del sacrificio, sino movidos exclusivamente por pasiones humanas y por lo menos egoístas. La abundancia de pseudo héroes en la cultura popular actual evidencia la falta de satisfacción que cada uno de ellos, y el conjunto pleyádico de los mismos, genera en una población anhelante de trasladar la idea de sacrificio en la personalidad o vida de alguien más.

Probablemente la resurrección del dilema del sacrificio en series recientes como Heroes, o la recuperación de heroísmos reales en personajes mitológicos como Leónidas en 300, o el propio Batman, Spiderman, y hasta en cierta medida Daredevil, Elektra y hasta los X Men, resulten sintomáticos de la ausencia de un modelo de sacrificio para una sociedad en que el confort, la falta de esfuerzo, la rapidez, la facilidad y la vacuidad se han convertido en valores ciudadanos fundamentales.

Para el diccionario, un héroe es un personaje dotado de características especiales, un alto grado de valentía o nobleza que resulta idealizado justamente por estas particularidades. Esta amplísima variación debe pasarse por el filtro cultural y temporal para entender las diversas apariciones de héroes tan disímbolos como Jesucristo y James Bond. Así, las características admirables serán intercambiables de tiempo en tiempo, de región en región, aunque los fines heroicos permanecerán inmutables, será el culto a los fines sobre los principios lo que llevará a una sencilla integración de los héroes en la cultura occidental y la añadida aculturación que a través de ellos se da, por lo menos en lo que respecta a los caracteres prototípicos para la admiración.

Los héroes británicos, en este sentido, son producto del stablishment, son la materialización de una serie de ideales de la sociedad británica que envuelven la tradición del imperio. Harry Potter, Alicia, son ejemplos de este ideal conservador del status que tienen los británicos, desde niños, por el stablishment en un mundo cuya característica esencial es el caos; la acción admirable del hombre, su misión, en la cultura británica de acuerdo con el paradigma de sus héroes, sería mantener el orden en una constante caótica. En contraste, los héroes mexicanos parecieran más bien revolucionarios; Belascoarán Shayne, Máscara Azteca, López Obrador (para el caso, los héroes pueden ser mitos o personajes mitificados), luchan por el rompimiento de un stablishment, a lo mejor por eso el mecanismo mediático de reposición del status quo que en México es sumamente estricto, los mantiene en el subterráneo de la cultura nacional, igual que hace con la música de Jaime López.[1]

La ausencia de héroes en las pantallas modernas obliga a la recurrencia de creaciones para cumplir esa función. Así tenemos la reaparición, decíamos antes de series fílmicas o televisivas que observan el heroísmo desde la perspectiva humana, desde la disyuntiva de convertirse o no en personajes heroicos.

Hiro Nakamura en Heroes, es probablemente el caso más evidente de esta disyuntiva. Nathan Petrelli (político), Claire Bennet (porrista), Ted Sprague (fugitivo), e Isaac Méndez (pintor) no tienen idea de qué hacer con sus poderes, no se conciben, en la primera parte de la serie, como posibles salvadores del mundo. Peter Petrelli (enfermero), y Mark Parkman (policía) están convencidos de que sus poderes les servirán para seguir ayudando a la gente, ahora a gran escala. Niki Sanders (bailarina exótica), Linderman (empresario mafioso), D.L. Hawkins (fugitivo), y Sylar (relojero psicótico), utilizan sus poderes para el provecho personal –Linderman y Sylar son los más perversos en la serie. Y los niños, Molly Walker y Micah Sanders, tienen poderes que utilizan como si fueran cosas normales, sin que éstos les representen un dilema moral. Hiro (oficinista), en cambio, descubre su poder y sabe que está destinado a salvar al mundo con él, para lo que se enfrentará incluso a la incredulidad y desconfianza de los otros seres con poderes. Curioso que las personalidades y sus ocupaciones, conllevan ya un juicio moral previo a la actitud de cada uno de los personajes, juicio que será reforzado con las actitudes de los personajes en el transcurso de la trama.

La necesidad de heroísmos, de comportamientos ejemplares, inherente a las culturas se mantiene como una guía en al actuar mediático. Los nuevos medios la utilizan (son comunes los videojuegos RPG en los que el usuario debe convertirse en un héroe deportivo, social, cultural, o hasta cotidiano). Los nuevos media favorecen a que el usuario se convierta, por primera vez desde la aparición de la cultura de masas, en un protagonista de la historia –aunque sea la individual- y probablemente ahí radique el éxito de estas tecnologías. En los media tradicionales, se busca transformar a cualquiera en un héroe, aunque su comportamiento no sea necesariamente ejemplar. Felipe Calderón se enfrenta a los diputados para rendir su primer informe de gobierno y ello es considerado un acto heroico, aunque no haya rendido informe, ni se haya realmente enfrentado a un solo diputado (sus adversarios salieron de la sala antes de que llegara).

El problema radica en que la abundancia de pseudo heroísmos pareciera reflejo de una sociedad que no está dispuesta ya a ningún sacrificio. ¿Por qué sería heroico López Obrador? ¿qué sacrificio impone para él hacer una enorme campaña de búsqueda revolucionaria (loable en un país como México), si se supone que es un político de oposición? Probablemente el problema es que nuestra instalación en la comodidad de lo cotidiano favorece tanto a la inercia que cualquier llamado al cambio parece digno de seguirse. Pero López Obrador por lo menos se arriesga a los vituperios. ¿Los gobernantes son heroicos? Por el tratamiento que la prensa les ofrece parecieran serlo o considerarse así. Sin embargo, bastaría trasladar el heroísmo de cualquier personaje (en Heroes, Nathan Petrelli sacrifica su carrera política y el respeto a la tradición familiar), para darnos cuenta de que los políticos no sacrifican realmente nada, y sin embargo, el tratamiento que los media les dan es mayor al que tendría una aparición del mismísimo Batman.

Para Joseph Campbell los mitos son claves para las potencialidades espirituales de la mente humana pues estamos tan centrados en buscar recompensas y objetivos de valor externo, que perdemos de vista el éxtasis de estar vivos. En este sentido, los valores heroicos debieran darnos una serie de elementos cualitativos para la exploración de las virtudes que compartimos con los héroes y que resultan fundamentales para la experiencia humana en sociedad.

Inserto en el mito que lo aprisiona, el héroe nos ofrecerá modelos de comportamiento o de reacción, ya no ante situaciones extremas, sino ante los hechos cotidianos. Rick Blaine en Casablanca, nos ofrece muestra de un comportamiento ejemplar en las relaciones sentimentales y humanas, no para cuando una Ilsa no se decida a dejarnos en un aeropuerto marroquí a mitad de la noche, sino para todo nuestro actuar social. Por supuesto, Casablanca es una cinta clásica, pero también sumamente antigua, y pareciera que en la modernidad cinematográfica, televisiva, y por supuesto, cultural, el sacrificio está bastante pasado de moda.

La urgencia de héroes en una cultura orientada al confort y en la que los media, con miles de impulsos comerciales diarios[2] fortalecen la idea de no sacrificio, vuelve bastante confuso el paradigma de héroe. La diferencia, la separación, el glamour que envolvían la condición de sacrificio hoy están disueltos por el culto al confort, quien se sacrifica es primitivo, o idiota, en tal sentido, los héroes caen en alguna de ambas categorías; sin embargo aún nos son necesarios. El heroísmo en los medios es una constante porque es posible depositar en el héroe la condición de sacrificio que no estamos dispuestos a realizar nosotros. Es maravilloso que exista un Batman que lucha contra el crimen porque no estaría dispuesto a hacerlo yo. Resulta muy conveniente que exista Dare Devil para enfrentarse a las corporaciones (mediáticas y de control mayormente, por cierto), pues yo no lo haría nunca. El depósito de la nobleza vital –otra de las emociones posibles como seres humanos- en otro sujeto también es un lujo que nos podemos dar en aras de continuar el eterno confort.

Pero el sacrificio no existe, en gran medida, porque no hay para qué sacrificarse. Una de las series más exitosas en la televisión moderna, Supernatural, pone a los hermanos Winchester a luchar contra demonios y fantasmas; en Heroes no habría destrucción de New York si no fuera porque los malos tienen poderes especiales –igual que los buenos. CSI en sus tres versiones, pone a un grupo de científicos a luchar contra criminales domésticos –igual que hacen Bones, Law and Order, Psych, Monk, y otras series. No existe un mal mayor, no existe un paradigma que encierre todos los males, el heroísmo es, entonces intangible, lucha contra algo que, en el mejor de los casos existe sólo en materializaciones domésticas, y en el peor se presenta en seres que, sabemos de antemano, son inexistentes. La maldad ha perdido cuerpo, pero no por ello deja de estar presente, sus manifestaciones en la sociedad del confort nos parecen lejanas aunque estamos más expuestos a sucumbir ante ellas de lo cerca que debiéramos estar de ser héroes.

noviembre de 2008


[1] Cabe hacer una acotación referente a El Santo, héroe del culto al status que surgió en un México próspero en el que no pasaba nada –las películas verdaderamente míticas abarcan de 1954 a 1967- y que renace como figura de culto entre los deseosos de que nada pase. Quizá gran parte de su éxito se debe a que las mujeres vampiro, Frankenstein, el poder satánico y los hombres infernales puede ser cualquiera de los bichos de la actualidad mexicana. De cualquier forma, el renacimiento de lo naco como valor estético y la ausencia probada de metas transformadoras en la cultura reciente de los mexicanos puede ser bastante competente explicación de la reaparición de un héroe tan light como El Santo. Para el caso admirable como producto en su contexto.

[2] Neil Postman hace una de sus críticas fundamentales a la televisión pensando justamente en la abundancia de publicidad que se disfraza de tira programática, en este sentido, anticipa, el espectador puede pensar que todos sus problemas se solucionarán adquiriendo los productos que se anuncian. De hecho, no pocos jóvenes ahora continúan convencidos de que su problema no es el que realmente tienen, sino el no tener acceso al producto que se los solucionará. Por ejemplo, en el caso de los obesos, no consideran tener un problema de alimentación, sino de falta de dinero para adquirir una máquina para hacer ejercicio, por lo que aplazarán la solución de su problema –la obesidad- hasta tener dinero suficiente para adquirir el producto que la habrá de solucionar.

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