La nueva escucha de Sympathy for the Devil.

Publicado: 7 septiembre, 2010 en Apuntes

La combinación entre las africanizadas percusiones y el piano es extraña, atrayente, comparable a la belleza dura de las gitanas; debe estar muy bien microfoneada (como se dice en el argot de los miles que llenan la arena) porque ni el sonoro rugir de las gargantas y los aplausos y los silbidos, acallan siquiera un poco el acompañamiento para que Keith Richards, lo mejor que le pudo ocurrir a las guitarras inglesas, trepe al escenario. ¿Alguien se acuerda de quiénes son Ron Wood y Charlie Watts?, pues decenas de mujeres deben saber quién es Wood, porque le entregan rosas sin espinas que adquirieron de alguna forma en la vendimia de fuera. Charlie Watts parece el cuate de todos, nunca demasiado lejos, pero tampoco en el centro del protagonismo.

Seguir la caminata de Keith Richards es una emoción constante. En el catwalk por que atraviesan está a punto de despistarse un par de veces como tren vietnamita, pero corrige el rumbo y continúa hasta el stage alumbrado por reflectores azules sobre una cámara negra.

La batería impone sus cuatro tiempos y Jagger se pierde de las pantallas que prefieren destacar el portento de la ingeniería que ya para cuando la obertura va en su primer minuto revienta en destellos entre la audiencia que se confunde entre la emoción y la revelación que de ellos se hace en tono azul.

Al inicio de los acordes de la guitarra y la sentencia siempre firme del bajo, se impone el seguidor enorme, sobre el mismo delgado pasillo que sus compañeros aparece el último de los Stones, el primero siempre. Ataviado en pantalón negro, playera blanca y ¿es un kimono negro y dorado? No importa si el tipo está caminando como el robot sobre entre los gritos de miles, frente y tras las manos que se elevan como si pudieran alcanzar lo inalcanzable, al líder de la mejor banda del mundo, del suceso interminable, ininterrumpido, desde 1962.

Mick Jagger nunca baila, se contorsiona al ritmo de su música, sus piernas, sus brazos, su rostro se mueven de forma independiente, como si la gestualidad se dividiera para seguir a cada uno de los instrumentos.

Al centro del escenario se ha encendido un enorme ojo de luz en medio de un aro que recuerda al que usaba Pink Floyd en sus giras europeas. La luz que sigue a Jagger mientras hace un moonwalk sin la gracia de Michael Jackson, pero simpático también, es blanca para fortalecer (innecesariamente por cierto) el “please allow me to introduce myself, I’m a man of wealth and taste”. En el centro del enorme ojo aquél el rostro de Jagger se proyecta con cada uno de sus gestos fortalecidos por cada una de sus arrugas.

Si uno sabe de rock entiende porqué la gente se ha callado cuando Jagger empieza a cantar una de las 100 mejores canciones populares en la historia humana.  Tampoco es necesario explicar el encendido de luces rojas como llamas en el estribillo “please to meet you, hope you guess my name”, que provoca que entre pecho y estómago se sienta el ronquido de la propia voz que quiere gritar y no se atreve.

Sympathy for the Devil lo tiene todo, un ritmo contagioso, un carácter dinámico, profunda crítica social y no le sobran ni las voces de las coristas que sólo dicen “uuuh, uuuh”. Queda claro también eso frente a la gente que mueve los labios como si hicieran playback pero no se atreve a interrumpir al master Jagger que canta con un entusiasmo de quien sabe que tiene algo impecable y pecaminoso.

Uno entiende la maestría de los Stones cuando mira a Keith Richards tocar como virtuoso sin despeinarse (fenómeno imposible, por otra parte, dado que el tipo jamás se ha peinado). Los solos de Richards no son veloces como en Van Halen, tampoco parecen tan complejos como los de Malmsteen, ni sufridos a la Clapton; tienen en cambio la maestría de la elegancia, combinan trazos largos y cortos, establecen un fraseo propio pero armónico con la canción, en este caso, al grado de acompañar la parte contundente en la voz de Jagger; “now what’s confusing you is the nature of my game, just as every cop is a criminal, and all the sinners are saints”… y sigue el acento impecable en “if you meet me have some courtesy, have some empathy, and some taste”… la orquestación para entonces es un verdadero fenómeno de composición, de lo tribal se ha convertido en rock duro sin perder nunca el carácter primitivo que requiere la formación del símbolo demoníaco entre nosotros, en cada uno de los presentes y los ausentes.

El final es contundente, las guitarras de Richards y Wood que hacían split solos, la batería, y los coros que continuaban el “uuh uuuh”, se acallan en un solo compás. La audiencia entonces revienta como si fueran la barra viendo un gol de Maradona. Impactados, ausentes, no es un exceso decir que extasiados porque más de una tendría orgasmos múltiples pensando en Jagger o Richards solamente, sin necesidad de la intervención demoníaca.

No son los Stones grupo para idolatrar, tienen la seriedad de una religión y así se nota en los rostros radiantes de la audiencia, muchos de ellos menores que la canción de 40 años.

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