De necios y profetas en sus tierras I

Publicado: 26 septiembre, 2010 en Teoría

Hace poco menos de una década un entrañable compañero periodista y buen amigo, me encontró en una calle de nuestro ya desde entonces tristísimo centro de la ciudad para confiarme el que algunos reporteros estaban enojados con lo que yo entonces escribía: una serie de críticas muy puntuales a la acción de los medios locales, a la redacción de las notas, a la falta de responsabilidad con que los redactores procesaban y titulaban la información. Me decía él que no les parecía leal una crítica tan dura a la acción de los medios y sus actores, y que él tampoco estaba muy de acuerdo con mis apreciaciones.

Respondí entonces que resultaba un tema importante dado que los medios deben entenderse como empresas sociales. Continué mis textos hasta agotar el tema y aunque algunos de los colegas se alejaron de mí (de cualquier forma nunca fuimos tan cercanos), seguí sosteniendo en diversos foros, y particularmente en mis espacios en la academia, la misma posición respecto a la urgencia de modificar las formas de tratamiento de la información en las redacciones.

El tiempo no parecía darme la razón. La declaración de algo llamado guerra contra el crimen organizado del presidente Calderón; la aparición de pasquines sensacionalistas de aparente éxito; la degeneración del periodismo comprometido en periodismo militante, luego en partidista, y finalmente en libelos y otras lamentables formas de propaganda; lucían como argumentos para negar cualquier viso de razón a la línea de discusión que traté de introducir entonces para el periodismo morelense. Hoy creo lo mismo en lo que creía entonces, con mucha mayor fuerza. Durante unos meses pudieron considerar que la posición que sostengo hace tanto tiempo que no tiene caso referirlo, era extraordinariamente purista, clasista, academicista, mamonsísima pues, y como tal era tratado.

La aparición de mantas que se supone amenazan desde el crimen organizado a los periodistas morelenses; la radicalización de posiciones contra los media de parte de grupos políticos y sociales, y la propia decantación necesaria entre los reporteros y periodistas serios, de los perros de la guerra en que se han convertido, lamentable e irremediablemente, no pocos tundeteclas y otras tantas lamentables apariciones tras cámaras y micrófonos; han provocado que se vuelvan los ojos hacia todas partes en la búsqueda de respuestas a la coyuntura.

Una de esas visiones, probablemente la más competente en términos académicos y operativos, converge con las ideas que exponemos desde hace años sobre la urgencia de un periodismo inteligente, comprometido con la audiencia y especialmente respetuoso de los protagonistas de la información, el daño colateral de la acción mediática.

Una corriente muy importante del periodismo comprometido con la audiencia (diferenciado totalmente de lo que llamaremos genéricamente acción mediática y que incluye el infoentretenimiento prevalente en los sistemas noticiosos actuales, y el periodismo militante), parece hoy mismo subrayar la importancia de recuperar el respeto por los valores humanos en el periodismo, por el cúmulo de decencia ofertado por la ética y difícilmente utilizado por la acción mediática.

Aún con diferencias importantes en lo fundamental (yo insisto en que la información pertenece a sus protagonistas mientras que las corrientes del periodismo comprometido con la audiencia aseguran que se trata de un bien social, que pertenece a todos), esencialmente se llega al mismo terreno, el periodismo debe respetar, no sólo las leyes, sino la elemental filosofía del derecho que ha servido para establecerlas.

Es una cuestión de lo que conocemos como buen gusto, pero que difícilmente sus promotores admitirían como sólo “buen gusto” por lo abstruso que parece este término a quienes carecen de esta deseable cualidad.

La falta de ética en el periodismo agrede a la sociedad, y cuando la sociedad es agredida se cobra las afrentas de forma por lo menos excesiva. El castigo social siempre es mucho más grave que el crimen presunto que se habría cometido.

No se trata con este ejercicio, y es lo que las mentes escasísimas de medios de contraste de los ignorantes señalarían, de callarse cuando un elemento de la sociedad es corrupto; de contribuir al lifting semántico que, advertido por Lipovetsky, despoja al lenguaje de toda su fuerza significante. Seguiremos denunciando, advirtiendo, ofreciendo información, expresando opiniones (no ocurrencias ni deseos mezquinos), y hasta algunos nos atreveremos como hemos hecho siempre, a parodiar con los hechos de la realidad; pero sin que ello signifique un pasaporte a la impunidad, un a medida precautoria que nos admita la comisión de delitos, de abusos. Me parece muy simple la fórmula, nos referiremos a la audiencia en el mismo lenguaje decente y cuidado que utilizamos para hablar con nuestras familias, con nuestros abuelos, padres e hijos.

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