El odio como origen del discurso periodístico.

Publicado: 3 junio, 2013 en Teoría
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Odio: Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”.

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 22ª Edición

 

Mucho más real que una expresión gramatical, o un conjunto determinado de palabras que pudieran asociarse con un discurso de odio, nos interesa en este documento, establecer el odio como origen, como motivador del discurso periodístico actual. El propósito no es inexacto, en tanto el seleccionar un conjunto determinado de palabras en cualquier idioma que reflejen un sentimiento de odio, pareciera una tarea popular aunque poco útil en tanto la carga semiótica de las expresiones hoy catalogadas como discurso del odio responde a una función ideológica más que referencial del lenguaje; como se ha planteado ya exhaustivamente desde la concesión de existencia para una función ideológica del lenguaje (idea a la que llega por una vía diferente James Underhill, en su Ethntolinguistics). Refuerza nuestra preferencia por los temas de odio sobre una gramática o lexicón del odio, el proyecto Floating Sheep, que en el rastreo de “palabras de odio” publicadas en la red social Twitter durante el 1012, encontraron diferencias relevantes en cuanto a los usos lingüísticos de regiones diversas de los Estados Unidos, con las políticas y temáticas de odio emprendidas por los gobiernos. Estados que reportaron altos índices de uso en expresiones consideradas en el catálogo de palabras como racistas, homofóbicas, no se caracterizan por mantener prácticas sociales y políticas restrictivas a minorías y viceversa).

Eliminemos la idea de Cioran “Acabo de escribir una apología del odio. Pero en el fondo lo que yo entiendo por odio no es más que un arranque de desesperación, la negrura de la desesperación, estado puramente subjetivo que no tiene nada que ver con la intención de hacer daño, con el encono contra los demás.” (Cuadernos: 1759), que nos reporta un arranque momentáneo o permanente, pero derivado del arrinconamiento del sujeto (los periodistas, dueños en gran medida del discurso social, difícilmente podrían sentirse arrinconados a pesar del riesgo intrínseco que en algunas regiones reporta su labor).

Partimos del presupuesto de que los términos directos y las expresiones metafóricas del odio son variadas de acuerdo con las lenguas y los lenguajes; aunque en términos más generales, la sensación del odio como un desagrado emocional profundo dirigido contra individuos, entidades, objetos o ideas, parece común a todas las culturas. Por lo mismo, es imposible identificar un set de palabras o expresiones que sirvan para representar el odio en todo tiempo y cultura; pero no lo sería tanto identificar la antipatía hacia algo cuyo mal se desea, en discursos que incluso pudieran evadir lo que hoy se llama políticamente: “lenguaje del odio”.

Recurramos entonces a la frase de Cicerón, “Odium est ira inveterata”, es decir, el producto de un enojo que ha tenido tiempo de añejarse, de consolidarse, de elaborar un plan, un proyecto, una, si se nos permite un exceso, filosofía entendida como práctica de vida fundada en un conjunto integrado –aunque no necesariamente congruente- de pensamientos.

Sería entonces inútil tratar de acercarnos a la cuestión desde una perspectiva moral que, por definición, considerara al odio como un origen pernicioso en sí mismo. Aunque los efectos del desagrado emocional profundo al que referimos tienden a la destrucción, probablemente la búsqueda apocalíptica en que los medios siembran sus tormentas probablemente no sea censurable del todo.

Amparados por la popular divisa “las buenas noticias no son noticia”, privilegiar el conflicto, la catástrofe, las sociopatías son temas torales del discurso periodístico. Si la práctica periodística debiera ajustarse a algún manual de prácticas, como muchos oficiantes lo aseguran, tan sesudo documento sería una suerte de catálogo de la ruindad y el ajustarse a la narrativa escatológica de la sociedad, en el caso del periodismo, sería premiado con adjetivos de brillantez, ética, moralidad periodística (en los hechos así es, baste ver los trabajos recompensados por premios nacionales e internacionales de periodismo, colecciones fuertemente dominadas por lo más ruin de la sociedad). En tanto la materia de las conocidas en el argot como “hard news” son primordialmente los fenómenos que quisieran extirparse de la práctica social; habría la tentación de reconocer como positivo el odio hacia esos temas; sin embargo, tendríamos que partir del reconocimiento del odio como origen y destino fatal del discurso de los periodistas.

Convertido en una suerte de moral sensacionalista, el periodismo contemporáneo está construido por profesionales expuestos a los mismos medios que el resto de la población. La universalización tecnológica y el aumento exponenciado de los flujos de información también hacen de los periodistas, víctimas, al igual que usuarios privilegiados; en los mismos términos que cualquiera. Así, la alteración cognitiva que deriva del uso de una tecnología de la información en lugar de la otra (McLuhan, La Aldea Global), haría de los periodistas –usuarios muy asiduos de medios explotadores de las sensaciones, como la televisión, la radio, y en una medida visible, aunque aún por medirse, Twitter, Facebook y YouTube- víctimas de una proclividad a las sensaciones y sentimientos sobre el raciocinio y el juicio.

El administra una pasión contra los asuntos. Lo que parece quedar claro, después de largas observaciones, es que la promoción de odios no generalizados de los periodistas es mucho más activa que la difusión de su simpatía. Si consideramos los factores de noticiabilidad estudiados por la sociología de los emisores igual que tratados en manuales sobre el ejercicio periodístico, veremos que incluso se considera el tratamiento de estos temas como la conducta deseable de cualquier periodista. Quienes hemos habitado por algún tiempo las redacciones de informativos diversos, tenemos claro que la práctica común del periodismo refiere más constantemente y de manera privilegiada además, a la ruindad social antes que a la virtud; y requiere, en alguna medida de que el periodista organice de manera inconfesa, una serie de asuntos dignos de su poder destructivo: la pobreza, la corrupción, la indolencia, el racismo, el crimen. La prevalencia del odio como origen del discurso periodístico actual explicaría entonces también la aparente fuga o marginación de los reportes de arte, cultura, ciencia y, en general, de todas las formas creativas.

Identificamos entonces el proceso “creador” del periodista –aseveramos que existe al contrario de muchos que le niegan al gremio ese talento- como un ejercicio afanado en la destrucción de una realidad considerada por él, su grupo o institución como lesiva para la sociedad en que habita (sin ser relevante su ejercicio desde una perspectiva conservadora o liberal). Para muchos, la creación estaría imposibilitada a partir de un proceso destructivo, y ahí tenemos que abandonarnos a la ética del periodista, que pretenderá en todo caso extirpar las células dañadas de la sociedad antes que destruir los órganos afectados. Difícil, sin embargo, es el tratamiento ético de la agenda en tanto puede ser, el odio, un motivador de pasiones más que de razones; y en tanto los periodistas parecen haberse especializado últimamente en la generalización de los hechos particulares a los que homogenizan con fines aparentemente didácticos.

Contrastando los procesos creadores, la diferencia fundamental entre los periodistas y los artistas, además de las evidentes de forma y técnica, radica en que mientras los estetas trabajan con los motivos de su fascinación, el periodista pareciera tener una fijación con los objetos motivadores de sus odios. En esa diferencia fundamental de orígenes y motivos radicaría también la distinción de técnicas. El odio es rápido, explosivo, descuidado, por ello el discurso periodístico se permite injustificables descuidos, es un oficio de autocorrección constante. Mientras, realizador de lo fascinante, el arte es cuidadoso, apasionado, se toma su tiempo, siempre es maduro. El arte se añeja, el periodismo es silvestre.

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