El nuevo renacimiento y la reacción. (conciliando a Rushkoff y Lipovetsky)

Publicado: 17 junio, 2013 en Teoría

Cuando hace una década la entrañable mente de Douglas Rushkoff nos regaló la idea de un segundo renacimiento en pleno siglo XXI “I believe we’re in the midst of a renaissance. Make that a capital-R Renaissance: as big as the one in the 15th and 16th Century that they taught us about in school, and as accessible as the (you guessed it) wireless device right in your hand” (21st Century Renaissance, Douglas Rushkoff); era imposible evitar un optimismo que iluminaba un poco la conciencia apocalíptica groseramente obvia por los sucesos del inicio del tercer milenio.

Rushkoff propone, como heredero fundamental de la escuela de Marshall McLuhan, que la erupción de nuevas tecnologías a partir de la mitad del siglo XX, habría generado una transformación en la conciencia de la gente (McLuhan, siempre mucho más severo, la habría llamado Revolución Cognitiva); Así, mientras el Renacimiento original hizo que la gente sintiera que importaban sus interpretaciones de la religión, la sociedad y la política, el renacimiento actual nos hace creer que la expresión individual es importante; según diría Rushkoff. Las ideas del gurú norteamericano del análisis mediático actual contrastan sin duda con la propuesta del hipermodernismo, expresa en autores previos como Lyotard y Lipovetsky, fundamentalmente porque Rushkoff cree en la capacidad autoral del individuo, mientras sus antecesores europeos consideraban solo la experiencia de la masa usuaria.

Rushkoff retrata sin duda la reacción de una élite a la presencia de las nuevas tecnologías. La autoría como pieza fundamental de la revolución cognitiva, del cambio en el conocimiento, pertenece, como en el primer renacimiento, exclusivamente a una élite que toma los recursos ofrecidos por la tecnología, hardware y software (gadgets y apps), para crear algo novedoso, algo diferente; obras que transforman la percepción que tenemos del mundo. El resto, la mayoría, consume las obras de otros y las transforma en productos, en modas que duran lo que la madrugada. La autoría como tal se diluye en una repetición personalizada, como todo en la actualidad, de formas propuestas por otros. A diferencia entonces de lo que ocurre con la creación; la reproducción incesante de imágenes, pensamientos en 140 caracteres o menos, es ajena al sujeto, dice poco de él, lo convierte en una suerte de Frankenstein estético, en una caricatura rota de sí mismo, parecida a los monos de Magú.

La coincidencia de la aparición de tecnologías en las dos épocas que Rushkoff identifica como renacentistas, guarda sin embargo, una radical diferencia: el hombre del renacimiento tenía capacidad de asombro. Los hallazgos de la época, la caída abrupta del conocimiento medieval para la entronización de la era de los descubrimientos, que incluyó hasta un continente, fortaleció la capacidad de asombro que resulta tan amiga del arte. La actitud con que la era contemporánea atestigua todos los hallazgos científicos, tecnológicos, humanos, estéticos y filosóficos (en los primeros tres considerándolos parte de un proceso productivo deseable y no resultado de los talentos e inteligencias combinadas; y en los últimos dos negando incluso la existencia de estética y filosofía actual); no permite el asombro sino de una pequeña élite (no sociocultural, sino, por identificarlos con un término estético-psicológica), que puede traducir la maravilla del mundo actual en nuevas creaciones, en un aliciente para la revolución del pensamiento, mucho más necesaria y contundente que las marchitas marchas de los vociferantes decimonónicos posmodernos.

Esta capacidad de asombro, aliento del arte y la inteligencia del primer renacimiento, reducida a una minoría actuante ahora, nos plantea un enorme reto en la medida en que la repetición de productos de moda sepulta las nuevas creaciones asfixiando al arte y las ideas. Más que colecciones de información (sin duda necesaria para explicar el Milagro –no hablamos de iglesias o de religión, sino del verdadero milagro- de la humanidad), las escuelas debieran orientarse a hacer que las nuevas generaciones recuperen la capacidad de maravillarse por las cosas humanas y no que ocurren todos los días en el mundo. Alimentos fortalecidos de la transformación, los pequeños milagros –manifestaciones fragmentadas, resumidas, exponenciadas- del Milagro de la humanidad, generarán en breve que las herramientas de autoría que nos hemos inventado produzcan cambios positivos que expresen el orgullo, la gloria de ser humano, y sepulten de una vez la extensísima enciclopedia de la podredumbre que nos hemos dedicado a reproducir.

El problema entonces no estaría en la lógica de las herramientas autorales, en la lucha por la fuente abierta, sino en lo que decidimos reproducir como sociedad. Llena de pensamientos y sentimientos negativos sobre sí misma la sociedad repite miles de veces las imágenes de sus excesos, de sus momentos más oscuros con una lógica que remite al periodismo más sensacionalista. Pensaríamos, a partir de la adjunción de imágenes patéticas que la vida tiene un filtro de la estética noir; lo que vemos como interpretaciones de la vida niegan la grandeza de la humanidad y si la definición de nuestra especie parte de las reproducciones recientes, habríamos de reconocer que el temor de un apocalipsis zombie ha llegado demasiado tarde.

El nuevo renacimiento, existe entonces, pero nuevamente reducido a una pequeña élite que en su tiempo está nuevamente marginada del mainstream, mientras que la ilusión tecnológica nos ofrece la sensación de que todos somos autores, y en esa ilusión el sujeto crea una realidad en que es superior al resto de la humanidad. El individualismo ha triunfado por yuxtaposición con la antología de lo pútrido que el propio sujeto ha coleccionado para que sea marco de su imagen. El idiota no es bueno por quien es en sí mismo, sino porque el resto de la humanidad es peor. Reconocer la virtud de la humanidad significaría tener que ser más que normal, eso atenta contra el principio elemental de la comodidad. Las nuevas tecnologías autorales sirven en la conciencia mayoritaria, no para mover el espíritu de la época; sino para adormecer a la humanidad en su vileza: un antirrenacimiento que acabaría entonces por confirmar que Rushkoff no se equivoca, pero tampoco lo hacen Lyotard ni Lipovetsky.

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